Seda voluptuosa

Para esta lluvia, aquel libro de poemas. 

En este espacio sin gente, 

palabras precisas adornan la tarde de agua. 

Las ventanas son abrigadas 

por sedas voluptuosas y 

transparentes y húmedas. 

Capas de cristal en movimiento nublan 

mi visión del volcán, del jardín, 

de lo que vendrá.

Para esta lluvia, esta tarde, 

este espacio y estas ventanas, 

Julie London crying a river, flying to the moon

… in the mood for love. 📚🌧


🎼



Cenizas en el libro duende

 Recurro al libro duende, de nuevo me asedian las dark hours. Y  hurgo sus páginas en busca del amor y de la antorcha, los sobrevivientes de su Revolución. A lo mejor no me ven-soy tan invisible en medio de la darkness- o no me reconocen -mi rostro desfigurado por the ugly hour. 

Peor aun, quizás ella, la única antorcha encendida, lo quemó a él y caerán sobre mi  cuerpo cenizas del amor que guardaba el libro duende. Ni imaginar lo que llegará después, agazapado en el darkest of times, para continuar cubriéndome de ceniza. 




                                             

El aire que ocuparía


Me dijeron que poco a poco olvidaría lo que sucedió esa tarde. Que ese sinsentido, convertido bruscamente en noche, se disiparía a paso de tiempo. 

Dijeron que los detalles se nublarían. Como si los años, ilusamente, fueran borradores de goma y la tragedia apenas un dibujo hecho a lápiz. Lo repitieron cien veces cuando me partía por la confusión y el dolor. Eran  palabras de los adultos sueltas al aire cuando de niña  subía a esa espiral de duelo una y otra vez. Y dijeran lo que dijeran, cada movimiento, el olor a sal, el golpeteo del agua sobre el casco rosa pálido, las últimas frases antes de que todo diera vuelta, el sabor a cuchilla salobre que laceraba mi garganta, la angustiosa cuenta atrás de los minutos porque oscurecía de prisa, todo permanecía intacto. 

Cada línea y toda la profundidad del momento conservaban el mismo tono, la misma agudeza. 

En la adolescencia fue parecido. Insistía el recuerdo perfecto y también la profecía falsa de que olvidaría. Lejos de irse, la catástrofe me creció dentro. Con la pubertad llegaron la rebeldía y su inseparable aliada la ira. Llegaron golpeándome las preguntas sin respuesta, una tras otra, como vagones de un tren que no resuelve, que no lleva a ningún sitio. Y la culpa asomó como un nuevo verdugo. ¿Por qué escogimos (escogí) esa lancha? ¿Por qué no bajamos cuando aún no llegaba la furia del mar? ¿Por qué no dejamos que la lancha naufragara y se muriera sola? Nada se borró. Ni un solo instante. Todo lo que sucedió seguía vivo, colorido y multidimensional. Con sonidos y olores y cada palabra de la última canción. “Una luna hay, solo hay un sol que da luz a todos sin excepción…que pequeño el mundo es…” El recuerdo, lejos de palidecer, crecía y se hacía profundo. Intenso, como es todo cuando se tiene dieciséis años. Cada escena del accidente echó raíces en mi psique. Las ramas que le nacieron me definieron, me hicieron incapaz de dejarlo ir.

Hoy, casi cuarenta años después, las raíces y las ramas son enormes. Todo lo que pasó creció para adentro y hacia afuera. Cada instante se repite una y otra vez. Mi papá aún en el canal empujando la lancha, como si fuera cosa de un hombre vencer la furia de mil aguas salobres. La canción se repite sin ser invitada. Siento el golpe seco con el que el mar nos recibió en el umbral de la barra. La vuelta violenta sucede de nuevo, el casco viendo al cielo, mi papá con los ojos desorbitados y el agua hasta la barbilla, el susto de todos tan inmenso como el mar que en segundos nos engulló y se hizo cargo, a su manera, de salvar a algunos y de matar a los otros. Todavía siento la sal quemando mi nariz, la arena y el ardor pinchando mis ojos. No se olvida una sola gota de agua de aquella noche que cambió todo para siempre. Que me cambió a mi y a los otros pequeños sobrevivientes, que no dejó adulto alguno vivo. Como si fuera una lección para los absolutamente felices.

El andar de los años no cambió el agujero que dejó cada uno de los cuatros muertos. Cambió acaso lo que en vida aguardaba para ellos. Lo que nunca llegó.

No. Esa tragedia tan grotesca e innecesaria es imborrable. Tanto como el dolor que hay en el espacio de los ausentes, de mi grande y llorado ausente. Y cada mayo la ira vuelve con ímpetu, como cuando me ahoga la angustia por las malas bromas que me gasta la vida y no lo encuentro a él, ni a sus palabras de papá, ni a su abrazo.  Solo me queda el aire que mi viejo ocuparía. 



















Los cuadernos de antes

Desconozco a quien escribió los cuadernos de antes. Es la misma letra resbalada que mi mano izquierda traza, ruedas y picos unidos por lazos con leves interrupciones. Encuentro las mismas sombras de tinta que voy estampando al acariciar las palabras anteriores, como pequeñas alas de gorrión. 


Pero hay algo en la voz, algo en la cándida forma de narrar los hechos. Tiene una mordaza de pulcritud al perfilar las ideas, una fallida esperanza. Asoma entre las frases el fantasma  de cierta creencia subyacente y dictadora. Son evidentes y siempre presentes los tiernos cuidados para no transgredirla. Asuntos todos ya olvidados. Los años y los truenos obraron lo suyo. La creencia fue desechada ante el descubrimiento de su sinsentido, la ternura y el cuidado se gastaron con el paso de la realidad. 

Lo que queda en los cuadernos es una mezcla de ingenuidad y miedo y juventud. Son la inexperiencia y la sumisión en constante armonía. Son las muchas palabras que quedaron en el aire. Es lo no escrito por contagios de inseguridad. Es lo callado por temor al rechazo, un silencio para huir de la tempestad. Son las reliquias invisibles del pánico.

Y en algún cuaderno de pronto encuentro sobre una página manchada de gotas secas, la piel que quedó tirada, como la de una serpiente cuando renace. Palabras del nunca más. Auto reproches, sangre y llanto. Luego la nada. Páginas y más páginas en blanco, testigos mudos de la derrota.

Aquellos cuadernos primerizos con pastas floreadas son un sepulcro.  Palabras ya muertas de quien fui, tan lejana a quien soy,  que desconozco su inocente cuento ceniciento, su ilusa certeza de final feliz. Me retuerce el tuétano su abnegada interpretación. No la encuentro en ningún sitio, en ningún pensamiento. No la siento ni en los escombros del pasado, a pesar de que vivimos una misma y única historia. A pesar de que habitamos el mismo cuerpo.



Si tan solo entonces hubiera sabido lo que hoy sé. 


                        

  

Sombras sobre la luna

Vuelven las sombras nocturnas y hoy traen dientes para morder a la luna. Voraces deforman su perfil, aun mutilada ella guarda su belleza. Sin importar cuantas dentadas le hinquen, sostiene su brillo. Como si nos viera cada noche de viernes detrás de la ventana, como si supiera cuantos minutos de solitario silencio gastamos admirándola.

Adivina la luna que, a pesar de las formas oscuras que devoran la piel de sus bordes, su fulgor y presencia resultan imprescindibles para un puñado de frágiles mortales.

Y en esta ventana que crece con la noche, veo cómo las figuras negras no se detienen en su afán por morder. La muerden a ella, muerden a las horas, me muerden a mí.


No era este momento para la muerte

Pero no todo es miel o clavel. Llegan  también horas vacías de música y de poemas. Pocos abrimos el cuaderno a los otros ojos cuando abaten  tales ausencias. Hacerlo es dar un salto peligroso. Es dejar caer la bata que cubre un cuerpo herido, un intento -inútil- para no desangrarnos. Años después  algún fantasma abre esa vieja página y ofrecemos la pequeñez de sus párrafos a las otras miradas. Como quien cuenta una pesadilla para que no se haga realidad, compartimos el texto para que la experiencia no se repita.
Y sin verlo llegar, tropiezas con otro rostro metálico de la experiencia humana. Indescifrable y hostil, quiebra los más bellos cristales que guardas dentro. Caos visceral y sonoro, el desencuentro te fragmenta  y no entiendes del todo el por qué.  Escuchas cataratas de añicos en tu cavidad más vulnerable. Gime el cascabel de tu campanario. Filosas astillas caen del pecho al trémulo abismo que se abre a tus pies. Resbalan cortándote la carne y el tiempo. Y sin adivinar cómo lo logras, no te desplomas. Flotas sobre la sangre que se derrama sin dejar de respirar. La belleza  de tu cristal violentado sobrevive en sus partículas. No era este momento para la muerte.  

Extraña belleza de transparencias que resiste más de una afrenta.
Un misterio la experiencia humana, revienta, repara. Abate, levanta. Abandona, rescata. Y en el vaivén de su contradicción sucumbimos a su intermitente demencia. Enloquecemos, sí,  pero de pie.
Y sobrevivimos para escribirlo.
                                  

En clave de activo corriente

Esta lluvia que multiplica su canto sobre el techo de la oficina, no es tonada para el  devenir con el que me gano la vida.  La música del agua no se presta para analizar estados financieros,  no se alinea con interpretaciones numéricas, predecibles y repetitivas. Nada sabe la tempestad sobre presupuestos en inmaculado orden tabular. 

 Estas finas cataratas caen  para leer o escribir o  pintar. Se prestan incluso para la simple tarea de admirarlas  en su vertical esplendor. Pero vuelvo a la otra lectura, la que se descifra en clave de activo corriente. Porque como no entiende de cielos nublados y no son suyas las cuatro estaciones, ni espera ni perdona. En la galaxia de las finanzas nada es tan implacable como la maratón del tiempo. Pronto es tarde. Lluvia hermosa, vete al olvido.  ¿Acaso no escuchas, canción de agua,  cómo  rugen los números?