Manadas

Somos mujeres elefantes, una manada guiada por madres y tías. Nuestra organización familiar es tan eficiente y natural como la de estos animales en su entorno salvaje. El imperfecto y nunca aburrido arte la convivencia. Lo nuestro es un matriarcado. Mamás y tías y primas y hermanas.  Paquidermo y mamífero, tan protector.


Crías y adultos siguen a la matriarca de la manada. Ella es la de la sabiduría. Sabe en donde encontrar alimento. Conoce los sitios seguros y conduce a los suyos a tales remansos. Su instinto y herencia milenaria la alejan del peligro. En el misterioso ciclo de la naturaleza, la información vital pasa de generación en generación. Como nuestras recetas y remedios. Como nuestros secretos. 

Entienden a la muerte. El duelo lo llevan simple, limpio. El dolor que les causa la pérdida de  alguien de su manada es un proceso con principio y fin. Un ritual ineludible. Reverencian a sus muertos, los lloran sin recato ni silencio. Y nunca olvidan a quien se fue. Regresan al sitio en donde lo vieron morir. Acarician el esqueleto con su trompa, solemnemente. Toman algún hueso, lo mueven para adelante y para atrás, como quien acuna a un bebé para que se duerma. Luego se retiran en paz para continuar su ruta. Esta manada nuestra sabe tanto de muertes. Las matriarcas siempre adelante marcan el compás del duelo. Y nos advierten que no todo quedó en el cementerio, que el camino sigue. Algunas seguimos acariciando esqueletos todos los días. No todo es perfecto.

Y está el tema de la memoria. Reconocen la llamada de un antiguo compañero, aun décadas después. La memoria de las hembras elefante mejora con la edad. Necesita guardar datos esenciales para que su manada se alimente y sobreviva. Esto es discutible en nuestra especie. He visto de todo. Conozco matriarcas con un bagaje de recuerdos y convicciones millonario. Algunas deciden olvidar. A otras la vida las enferma, las protege pasando un tenue borrador sobre sus recuerdos.  Eso no les quita su condición de matriarca. Nosotras lo vivimos.

Las elefantes no olvidan quien han sido, aunque las pongan en cautiverio, aunque las lastimen, aunque cambien de entorno, aunque hayan sufrido. Hay asuntos inolvidables, y en eso soy tan paquiderma y gris y mamífera como ellas.


Cantan. Las elefantes hembras, a diferencia de otras especies como las ballenas, son quienes cantan a la hora de aparearse. Es una necesidad biológica. Nosotras bailamos y cantamos siempre, y también es una necesidad casi visceral. Cantamos de tristeza o por soledad, para recordar, para celebrar. Mi manada es un grupo de mujeres que alza su desafinada voz para honrar la unión. 

Cuando una cría necesita sentirse a salvo, pone su trompa dentro de la boca de su madre. Cuando algún miembro de la manada necesita apoyo, sus compañeras lo acarician con la trompa, pegan sus cuerpos, emiten sonidos solidarios. Se hacen presentes. Nosotras nos abrazamos y besamos. También nos pegamos empujones y trompeteamos sonidos para llamar al orden. Luego del relajo, volvemos al abrazo. 

Somos como elefantes en la tarea de preservar la especie. Cuando alguna elefanta dará a luz, las demás la rodean y celebran un ritual de movimientos y sonidos. Acompañan a la madre durante el alumbramiento,  atentas a que la naturaleza realice lo suyo. Las que saben dirigen, las primerizas aprenden. Como mi abuela protagonizó el primer baños de los nietos, como siguió haciendo con los bisnietos. Sabiduría de milenario recorrido.  


Veo  mi niñez. Fui toda elefantita. Confiaba en que mi matriarca tenía la información que nos mantendría a salvo. Era quien trazaba los límites y quien decidía a dónde y cómo y cuándo.  Dictaba qué sí y qué no. De alguna manera, misteriosa a veces, y evidente otras, transmitió su conocimiento a cada una de nosotras, como mamá elefante. Cada quien la procesó como pudo. Nuestros modos matriarcales no son idénticos. Pero, todas lanzamos la llamada de alerta, mordemos si es necesario,  cuando se trata de proteger a nuestras crías.


Música y plomo

Un imponente piano dispara con precisión absoluta las notas de la Chaconne. La música que habita el palacio de sosiego que he construido en este play list  acompaña mi ritual nocturno de lectura. Para bien de mi quebradiza paz, también ahoga los trepidantes balazos de asesinos a sueldo que hieren y matan en su televisión.
Notas-proyectiles en D menor se enfrentan a pixeles de plomo y sangre.
Música del siglo XVIII exorciza venenos del XXI.
Yo estoy en el Sacro Imperio Germánico, él en Washington. Yo viajo en carruaje tirado por caballos y visto falda de seda con mil fustanes. Él corre al volante de un carro polarizado y viste chumpa de cuero negro. Lo mío son candelabros que titilan fulgores tenues, lo suyo son sirenas rojas que rompen la oscuridad de una persecución que jamás termina.
Cada uno desde su frontera en puntos cardinales opuestos,  inventa rituales para olvidar los sonidos que agobiaron el día. Cada quien se despoja de la angustia como mejor puede. 
Yo le apuesto a las letras y la música sin aspaviento. Él viaja por  rutas eléctricas a Netflix y sus series de torturas o chantajes. Cada quien busca cómo dejar ir el día para siempre.