Nunca dije que quería ser igual

Nunca dije que quería ser igual a un hombre, si me encanta ser mujer. Me gustan los tacones, los poemas, las flores, los vestidos. Me fascina usar el pelo largo.
Bailo flamenco con clavel rojo, con labios más rojos. También salsa y me gusta que mi pareja  me lleve mientras bailamos, que ponga su mano en mi cintura, que vea mis ojos. Me encanta que me saque a bailar como en los siglos de antes.
El arte me vuelve niña. Colecciono libros, papel de escribir, cajitas y post-its de mariposas. Tengo debilidad por los adornos en forma de bicicleta. Gasto horas con olor a mantequilla en la paz de mi cocina. Soy romántica para escuchar música, para recordar, para llorar con la buena lectura, para besar.
Si de amor se trata soy romántica extrema.
Nunca prescindo del perfume ni de los aretes. Un jarrón con girasoles obra milagros en mi ánimo. Muero por la literatura, por las velas y por ratos largos de amigas y vino. Dar a luz ha sido mi privilegio mayor, alimentar a mis hijos con mi cuerpo el milagro más grande.
Nada de esto tiene que ver con ser como los hombres. Porque nuestras gracias son suaves y vaporosas, porque no en todo somos iguales.
Pero hay asuntos no negociables.
Quiero que me den la misma educación, las mismas oportunidades en condiciones de justicia única.
Que me permitan participar.
Pido no ser vista como un objeto que se usa o un paisaje que se borra o un turrón que se come. Es indigno.
Si hago buen trabajo agradezco que lo reconozcan. Si no es bueno, espero sinceridad para mejorarlo.
Quiero que aprecien mi conversación, que me escuchen, que disfruten platicar conmigo. Si les gusta lo que digo que lo reconozcan sin temor. Y si no les gusta que lo digan sin desprecio.
Quiero la dignidad que otorgan los planes y los sueños personales, que sean míos, que no se sometan a la supremacía equívoca de los de nadie más.
Quiero la ilusión de buscar metas propias, la satisfacción de alcanzarlas, templanza si no llego, el aprendizaje del fracaso. Mío, de nadie más.
Los procesos cerebrales no reconocen género. Por lo tanto, no acepto menos que respeto a mis decisiones y a mi opinión, aunque genere conflicto. Si me juzgan que no sea por mi apariencia sino por lo que llevo dentro, lo que he vivido, lo que he dado, lo que he aprendido.
Celebro al caballero que me abre la puerta, retira mi silla y me ayuda a cargar objetos pesados.
Reconozco que mi fuerza física, el espesor de mis huesos y el ancho de mi espalda nunca serán como los suyos.
Sé que sin ellos esta vida no sería fascinante. Para ellos mi respeto y admiración, que sea recíproco.
No acepto menos.


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