En un vaso de agua

Me dices que me ahogo en un vaso de agua. Puede que así sea, o puede que no. Así lo ves desde ese otro lado del muelle, y lo dices en un intento vano por ayudarme. Pero no es tan simple. Nadie lo ve ni lo siente ni lo enfrenta como yo. Porque existen vasos y existen aguas. Y en todo caso se trata de mi vaso. Es mi agua, y solo yo trago su sabor que aturde, su densidad que parece no ceder, solo yo tiemblo ante su extraño matiz  de líquido opaco que no me deja ver futuros o posibilidades  a través de él. Lo siento grande y amenazante. Para ti es un vaso, para mí una presa con muros que sucumben ante  presiones de agua y fuego al mismo tiempo.

¿Me ahogo? ¿Cómo puedes saberlo? No has probado a qué saben estas corrientes, no puedes sentir el nudo que atan en mi garganta, ni te empapas con las lágrimas no deseadas que resbalan sobre mi rostro. Líquido que produce líquido, así son ciertas angustias. No, no sabes. Porque es mi garganta, es mi corriente, mi llanto, mi rostro, mi agua, mi vaso. ¿Puedes verlo desde tu muelle? Se trata de una pena mía, de nadie más. Un dolor, grande o pequeño, agua de un vaso  que me asfixia únicamente a mí. Es inútil procurar tu entendimiento, jamás podrás apreciar la vorágine  de su marea. 

Habrás tenido tu propio vaso de ahogo y agobio, no sé si en este momento. Pero lo tendrás o lo tuviste. Y si abres la consciencia,  recordarás que dentro de ciertos vasos, te ahogas sin remedio. Tanto, que ante tus ojos nublados parecen lagos,  estanques profundos, o son acaso tan vastos como el mismísimo océano.   

Vaso, tempestad o mar, este líquido que aturde y angustia me pertenece, solamente yo me ahogo en él. Menos mal no es un naufragio colectivo.

Pero llegará cierto momento.

De pronto, con el último aire que me recorra, buscaré fortaleza milagrosa. Sacaré valentía en medio de las corrientes, abriré los pulmones, la boca, el alma, y como si de un prodigio se tratara, hasta la última gota de desasosiego se evaporará. Puede ser que una mañana de inspiración y fuerza inusitada vierta su contenido sobre la tierra para que desaparezca en sus poros fértiles. Aunque lo más probable, en ausencia de milagros, es que aprenda a vivir en medio de la turbulencia, sin ahogos mortales, sin rencores. Ha sucedido antes.

Después, el tiempo hará lo suyo con las mareas bravas y la amenaza de sus olas. Y traerá finales. Porque nada es para siempre.

Mi ánimo flotará después del paso de la tormenta, apacible y templado, en franca tregua. Si tengo suerte, puede que me alce en vuelo sobre las aguas mansas a mi nueva mirada. Por debajo, ocultas quedarán las mareas y marejadas de pena y conflictos. Entonces tal vez coincidamos. Y sonriendo te dé la razón: después de todo, me ahogaba en un vaso de agua. Para mientras déjame asirme a mis salvavidas inventados. Ahogarse es de humanos, inventar flotadores también.