Antigua Irrepetible

Es eterna y hechicera, es solemne y seductora. La Antigua es irrepetible. Me llama con sus voces de leyenda y los fantasmales cascos de caballos que en otra época anduvieron su empedrado. La Antigua es la Antigua. Y aunque ahora lleva puestos en sus muros nombres citadinos como Barista y Pollo Campero, sigue hablando de caballeros de Colonia. 

Desde niña me intrigaba. Escuchaba con atención anécdotas de la época en que mis abuelos vivieron ahí. Era la tierra venerada de mi tío Roberto, y poco a poco caí en cuenta de que todos los míos tenían alguna aventura antigüeña. Durante mi niñez La Antigua empezaba en la calle del Arco que era también la calle del tío Roberto, y terminaba en la tienda de Doña María Gordillo y sus dulces de azúcar mágica. 

Era vasta y suficiente para deslumbrar mi pequeñez. 

Hubo en mi pasado alguna Semana Santa de alfombras que dejó corozo en mi olfato.  Año Nuevos celebrados en el Ramada me acompañaron en el descubirmiento que sucede entre la niñez y la adolescencia. El olor y movimiento de su aire, el pan de pasas con canela de doña Luisa, los libros antiguos apilados en las aceras para gastar mucho tiempo y poco dinero, se me quedaron dentro. 

La libertad estrenada de mi juventud me llevó a una banca del parque central, cierta tarde de octubre en la que descubrí que allí la luna baja más cuando un músico la llamó con un acordeón. Y ni la canción ni la luna ni la tarde se me borrará jamás de lo más feliz que alberga mi memoria. Tampoco el helado de carretilla que me compraron y la conversación franca sostenida mientras veíamos la Fuente de las Sirenas. 

Nada es igual cada vez que la visito. Aunque todo esté en el mismo lugar, aunque el camino sea el mismo, la siento diferente. Le cambian las sombras, la luz, los olores…las gentes. Solamente la presencia del Volcán de Agua y su constante vigía sobre los humanos que vamos y venimos en esa cuadrícula de caminos, permanece inmutable. 


Las ruinas, cada vez más añejas –como nosotros- parecen ancianas sabias. Rodeadas del color con el que los mercaderes les recuerdan el siglo que corre, no pierden su encanto de ayer. 

Los años adultos no hacen más que magnificar mi admiración por esta ciudad nuestra. Visitarla me procura una felicidad de incienso y nuégado. La capto con mi lente, con mi memoria, le escribo notas o versos, pero su espíritu de ayeres y presentes es tan intenso, que siempre dejo algo para la próxima visita. Y con menos frecuencia de la que quisiera, regreso a ella para recorrer la vida que le camina por sus calles.

Vuelvo para buscar alguna novedad que me alimente, suelo encontrarla.

 


Río Esmeralda

Llevo en el cuerpo

corrientes universales.
Un río amplio y constante
me recorre toda, inmenso
afluente verde y valiente
de palabras y sonidos.

Torrentes de esmeralda
fluyen desde  mi frente
atestada de ideas floridas,
hasta la tierra que recibe
mi paso desnudo de
curiosidad interminable.

Corrientes de frases en armonía
con la humedad de mi boca,
bajan de la garganta al pecho,
abrazan mi cintura, y apagan
la sed de mi vientre dormido.

Agua viva me camina dentro,
agua pura en la que habitan
historias de amores y niños.
Gotas con palabras, listones
vivos, cristalinos de poemas,  
de cuentos  libres y abiertos.
Son hilos húmedos trenzados
con las leyendas de siempre,
arroyos de tristezas o alegrías,
de lamento y de denuncia.
Un río inmortal de imágenes
nace  dentro de mi centro.
Ágil o sereno, a veces desbordado,
me recorre y atraviesa entera,
con algo de vida
y con toda la muerte.