No te vayas ahora

No te escondas esta noche,
regálame al menos una más.
Que sea larga,
que llegue iluminada y, 
si pudieras, 
que sean dos.
No te escabullas por ese ojal celeste,
te pierdes dentro, te ocultas tan pronto
y las estrellas aun no asoman.
Me dejarás a mi suerte, de nuevo, 
flotando a merced de la tiniebla.
Apenas completas tu luz redonda,
apenas alcanzas iluminarme completa.
Abro y cierro los ojos, suspiro, siento.
De nuevo los abro y realizo que
pronto tocarás la retirada. 
No terminas de remendar lo rasgado, 
yo no alcanzo del todo al olvido.
No son suficientes para tal milagro,
tus pocas noches de llenura.  
No te vayas todavía luna mía,
no sabes que al partir 
dejas en pena tu espacio vacío.
Algo de inquietud, un tanto de temor,
una soledad, o quizás sean dos.



Inmensa

Inmensa, incomprensible y sorprendente es la experiencia humana. Tan variada, tan contradictoria,  inevitable. 

Es miserable o espléndida, un tornado o simple brisa, pradera o barranco. Arriba ayer, abajo hoy. La única constante es que el devenir del ser humano  resulta siempre cambiante, indescifrable a veces. “¿Por qué? ¿Para qué?”

Cada quien con su colección de asombros, de penas, de gozos, de besos…de bofetadas.  Cada quien con su historia única, haciendo malabares para que suceda. 

Se te fuga al corazón

Cuidado con los nudos que te amarran el estómago. Si permites que alguno se apriete demasiado, sin sentirlo apenas, trepa, se te fuga al corazón. Derriba las  puertas, entra con peso plomado  y empiezas a notarlo cuando percibes su retumbo, cuando toma posesión. Es ese instante preciso en el que no puedes respirar. Brota entonces la primera lágrima, pronto rodarán las demás. ¿Sentiste acaso el dolor en el pecho? Ha llegado. Es un nudo ciego y se ha cerrado. Echa raíces y  ya puesto, no habrá fuerza suficiente para desatarlo. Para arrancarlo.  Te lo llevas a donde vayas, para siempre. Así nacen las penas que permanecen. 

Y es que no siempre logro desatar los nudos que me ocupan la tripa. Como hoy. Ahí está el retumbo que crece, me falta el aire, siento al pecho acalambrarse, se desliza la lágrima primera. No puedo detener el llanto. Sin remedio la pena llegó para quedarse. Y para contar cómo duele me faltan palabras. Cosa rara.





Otro domingo sin sol

No solo una canción lleva ese título. Hoy lo usurpo para escribir mi nota de domingo. Como casi todos, ha sido uno de letras. Mucha lectura, un poco de escritura, horas en mi planeta pequeño, horas en este refugio que salva, horas sin que alguien me dirija la palabra. 

No es reclamo a la vida, es enunciar mi realidad. No me hablan más que que para solicitar. Piden comida o piden bebida porque es domingo de deportes en la televisión. Piden silencio.  Fútbol Americano, ese asunto tan lejano, un ir y venir primitivo de hombres grandes con rostros ocultos.  Y pasa un juego y llega el otro, pero no llega el sol.

Me preocupa su ausencia. Porque cuando está cerca no hay silencio que duela. Cuando alumbra, ser invisible tiene sus placeres. Pero asomo al ventanal y me entero de cómo está rodando el día allá afuera.  Un abrigo de nubes cubre al volcán de pies a cabeza,  capas grises  duermen sobre los techos de la ciudad. Un color plomizo envuelve a la tierra y al aire. Cruje la imagen y me crujen los huesos.

 Hoy no encuentro al valle que siempre veo. Ni la ventana ni yo podemos creerlo. Es como si la casa se hubiera movido de lugar.

El Volcán de Agua es mi compañía constante en este espacio. Siempre presente.Todos los domingos lentos aguarda y observa. Cada tarde de la semana, aunque sean cortas porque el trabajo es largo, el volcán está intensamente presente en esos ratos breves, cambiando de color, cubierto o desnudo. 

Y hoy mi volcán no tuvo un solo momento para asomarse. Ni él, ni el sol ni nadie que quisiera conmigo sostener conversación.

No hay sol afuera, ni calor adentro. Fue, contra todo pronóstico, otro domingo sin sol.

juras que hay algo encendido,
yo no percibo calor…” A.F.

Para entenderla, o para inventarla

Y para entender la vida, escribo.

 A veces lo logro…
Entre sílabas y fonemas
surgen de repente
milagros a medias, 
alguna certeza nueva.
Verdades agazapadas.
 Y si no encuentro ese espacio
 en donde ocurren milagros,
 sigo escribiendo.
   
Entre sílabas y fonemas
surgen de repente
fantasmas que no fueron,
jardines que no existen.
Las vidas paralelas. 
Sí. para inventar la vida, escribo.
A veces lo logro…
Nicté
Enero, 2016

INOLVIDABLE

                                                                                                                                             10.01.2016
Traigo un recuerdo guardado dentro de mi bóveda mejor custodiada. Sucedió uno o dos años antes del accidente, un nueve de enero. Esa noche después del trabajo, mi papá llegó a la casa con un arreglo de flores. Era una maceta de barro cafecito y las flores de  todos los colores. Yo lo recibí en la puerta, y me alebresté toda al ver su macetón florido. Le pregunté para quién eran. Mientras las ponía encima de una repisa que había sobre la chimenea, sin haber prendido la luz de la sala, respondió que para mí mamá.

Más alebrestada aún, salí corriendo a contarle a ella. Me parecía genial que mi papá le llevara flores a mi mamá, casi tan romántico como cuando sucedía en las novelas. Y digo casi, porque faltaba la música de fondo. 

Pero resulta que había metido la pata. Me cayó por indiscreta, por ir de chismosa, a regar con agua anticipada su fiesta. Las flores eran una sorpresa que le daría hasta el día siguiente.

Hecha una niña-cucaracha, y sin entenderlo del todo “¿Pero papi, para que esperar? ¡Si están tan lindas tus florecitas!” mi papá con su secreto revelado, me explicó que la sorpresa eran por “su aniversario”. Hoy serían cuarenta y siete, en aquella ocasión apenas siete u ocho. Pero su imagen con el regalo en manos, en el umbral nocturno de aquella puerta de madera nueva, no se borra de mi memoria a pesar de las cuatro décadas que separan los momentos. 
Respecto a las flores y los hombres;
 el amor y las sorpresas,
 la fascinación que sintió 
aquella niña que aún me habita,
 sobrevive.
 A pesar de los pasos que, entre valles y cimas, 
han dado los tiempos que he recorrido.

También lo dijo Cortázar

Ni intentar evitarla. Por lo mucho que en esta vida acarreamos, resulta imposible. Llevamos adentro las historias que se fueron, los muertos que se fueron, los sabores y las fragancias que tanto nos dieron y que también se fueron. La nostalgia no se borra no se extingue, no se ignora. La nostalgia habla, besa, cuenta y acaricia. La nostalgia agita y llama al orden.

La llevamos tan cerca. Tomada de nuestra mano anda, atada al recuerdo de quien fuimos. No es tragedia, no pasa nada, solamente la sentimos.

Cerremos los ojos pues, y sintamos…  tan fuerte se siente, y a veces muy rico ¿o no?

No es iluminación personal. Con palabras hermosas, Cortázar lo escribió primero. En ellas quedaron trozos de sus ojos verdes, y el humo de ese su cigarro que aún no se apaga. Con ellas nos dejó su alma sentida, para siempre.

Y a eso señores, se le llama nostalgia, bendito sea el suspiro que antoja.