Cada quien tiene un muelle

En mi muelle de San Blás…
(Cada quien tiene el suyo)
 Hundimos al ser en esos momentos de olvido, cuando el espíritu es nuestra única compañía,
Días en los que abrimos los ojos y ya estamos  adivinando -anhelando quizás-  el regreso de aquel 
barco que se llevo las  promesas…
Contemplamos todas las lunas que han transcurrido,
 hacemos inventario de lo que se ha ido, 
Tardes y amaneceres.
De lo que ha quedado y de lo que no fue,
encuentros o ilusiones.
El tiempo trae entonces la revelación mayor.
Entendemos que el barco no vuelve. 
En silencio quedamos, de pie frente al mar del pasado, 
con  sal en el rostro,  de la brisa y de las lágrimas, 
con paz en el recuerdo y  desasosiego ante el futuro. 
Todo es una contradicción.
¿Será que todos los barcos partirán para volver jamás?
El mar d se agita y revuelve, pero no abandona.
sus aguas llegan al muelle, con recuerdos y augurios.
No sucede cada día, pero a todos nos pasa. Y cada quien tiene un muelle, 
su muelle de San Blás.
  

¿Cómo explicarte?

Es curiosa la pregunta que me haces. Ni busco palabras que describan este desboque, sabrá alguien si existen.

¿Cómo explicarte? Basta con decir que me sedujo desde aquellos años en los que unos día era niña grande, y otros mujer pequeña. Culpable fue Bécquer, con él empezó este gusto que no termina. La poesía. La poesía traviesa, la que hace cosquillas, la que cuenta pasiones, provoca llantos o despierta ganas. La poesía que desgarra. Me arrastraron los poetas sin remedio a un despertar de adrenalina y suspiro.
Era ta joven…Versos y más versos escritos en aquel cuaderno de química, esa ciencia de elementos que no rimaba ni emocionaba. Preciso era balancear ecuaciones con poemas. El arte de letras con soniquete daba gracia a la materia de laboratorio, me salvaba de aquel tedio. Me salva ahora de otros tantos. La poesía toda aleja oscuridades. Con gracia, ocupa vacíos.
Pero no sé, ¿qué puedo decir? se mueve el corazón con el juego de palabras y choca contra las costillas. Da vueltas, como ballerina de joyero a veces, como trompo enloquecido otras. Leo a Sabines y escucho dentro de mi silencio el Claro de Luna de Debussy. En las frases de Mario saboreo vino o mermelada, Gioconda ofrece párrafos con fragancia de trópico, Alfonsina trae el sonido del mar, y me deja sin aliento.
Los sentidos todos explotan ante la buena poesía.
Suave gozo o alivio intermitente, el ánimo escoge.
Lo siento, pero resulta imposible. No puedo explicártelo del todo. Hay sensaciones que carecen de razón.