TU FRESH

De la noche a la mañana. Así se siente. Los años se atragantan unos a otros y no tienen más gracia que crecerlos, transformarlos. Convierte aquellos bodoques en adultitos con DPI y esa extraña actitud de “¿permiso? no…Ya no. Pero tu fresh mamita de mis amores. Yo te informo. Y si no, igual, tu fresh.”
 Ni modo, toca. Aunque vale la queja, de vez en cuando hacen falta vientos de niños por la casa. Mucho pesan los silencios que a cambio quedaron.

Y eso de “tu fresh” es un sombrero que a veces se me cae. Aún me queda grande.



Deja que el muerto muera

Una amiga me pidió, entre risas y con medio guiño, que dejara ya descansar a mi muerto. “¡Ay pobre hombre! Dejalo ir.” dijo.  De tanto invocarlo y nombrarlo, al rato su paz eterna no es ni paz, ni eterna. No estoy para analizarlo ni para dejarlo ir.
Medio vivo lo mantengo por tanto nombrarlo y pensarlo. Es inevitable. Ahí estoy dando vuelta a los sin sentidos y remojando nostalgias cuando me sorprendo en mitad del coloquio que tejido de recuerdos y preguntas, he armado con él. Y como mujer con las hormonas bien puestas,  pues no me para la lengua mental. No le doy chance de responder al pobre de mi papá. Resignado ha de suspirar ante la matraca de mi voz silenciosa que lo invoca y le encomienda. Y de paso lo atolondra. Cuando se trata de quereres de este tamaño a veces la muerte se hace la desentendida. Para que, en un chispazo de segundo, sienta vivo y cercano a mi muerto, aunque acto seguido se me vuelva a morir. 

Dice Angeles Mastretta que nuestros muertos van con nosotros a todas partes, que a veces los sentimos mirando nuestras vidas, aprobando o dirimiendo nuestro quehacer. Yo cuento con eso.

En la Catedral del mar

Brindo por la historia que se convierte en literatura.
 Por la inspiración desaforada que provoca en los autores.
 Salud por esos magos de las letras que la re inventan
 para quienes sobrevivimos aferrados a la lectura. 
Por las emociones que me crecen y enloquecen 
gracias a la vida que habito en los libros. 
Feliz ante la Catedral del Mar,
 cara a cara, cerré los ojos. 
Reviví en el siglo XIV. 
Me encontré con Arnau Estanyol 
y fui testigo del ir y venir de aquella Barcelona 
que Idelfonso Falcones me contó. 
Fue un instante de imaginación pura.
 De redención.
 Santa María del Mar con sus muros cargados de siglos, 
el libro abierto en mi memoria, vino, jamón con melón
 y velas que hablan.
 Los libros y el mundo. He dicho.

Hombres Buenos

Pasé a engrosar las tristes filas, cada vez más gordas, de chapines víctimas de este caos de terror. Víctima también de mi propia idiotez. Me abrieron el carro. Se llevaron, podríamos decir, mi oficina casi completa -computadora incluida-, un pedazo imprescindible de clóset -porque un maletín para el gym, con veinte años de historias, no es asunto ligero, éramos codepedientes.  Y mi tocador: escaso arsenal de pinturas y trucos necesario para burlar años y espejos. Tanto me robaron: documentos irrepetibles, papeles sensitivos, y algún tesoro pequeño y personal, tan insignificante para el resto de mortales, que hoy ha de estar en un basurero.

Sobre todo se llevaron parte fundamental de mi paz, ¡como si tal cosa abundara! La nota curiosa, aunque no me asombra, es que no se llevaron un solo libro. Llevo siempre en el carro seis  o siete. No exagero. La ironía más grande: dejaron muy bien puesto uno grande, maravilloso,  imponente por su pasta y sus 582 páginas, una cruel burla. ¿Título de la obra? HOMBRES BUENOS.

Latigazos sobre el asfalto

Cuando éramos niños, los rebaños pequeños de cabritas eran elementos comunes del paisaje urbano. Anunciaban su llegada a las calles de nuestro barrio por su ruidito de campanas y por el taconeo alegre de sus pezuñas. Su pastor y amo, el Señor de las Cabritas, marcaba la danza del “caminen, paren, ahora crucen” con una varita y muchos chiflidos. 
Ayer vi un rebaño de aquel pasado, después de media vida. Aunque cuarentones rascando el medio siglo, dentro nuestro habita un niño perpetuo, quien despierta y se alborota si reencuentra asuntos del pasado muy pasado. Como estas cabritas de todos colores, como los latigazos de su pastor sobre el asfalto, anuncio del choque profundo entre verdades rurales y verdades urbanas.