Apuntalada

Voy por la vida apuntalada por la solidez de algunos recuerdos, por algunas presencias imprescindibles. Como si fueran vigas de madera, me sostienen. Alrededor veo al cielo, su certeza no me abandona.






Conocí esta casa de muchos siglos. Encontré algo mío en su imagen. Huracanes, incendios e insensateces la han azotado. De pie permanece sostenida por las historias de sus cimientos, por los maderos fieles que no la abandonan. Somos mariposas de la misma colina, esta vieja construcción y yo. Conocemos el fino arte de la sobre vivencia…a veces.



ACERCARME DE NUEVO

Acercarme de nuevo. A pasito de caracol o a salto de grillo deseo volver. A la paz que me brindaba, a las carcajadas que ahí solté y dejé perdidas, a las cosquillas que adornaban mi ombligo pequeño. Esas que invoco cuando necesito recordar cómo sentir. Sueño con ese espacio, que no tiene coordenadas ni encontraré jamás en google maps. 
Era un lugar amplio. Me envolvía con aire ligero y sabor a mar. Como lo hacen a veces las estrellas, me acompañaba en todo. Cada día me regalaba un paisaje distinto. Era isla, era montaña, o una manada de nubes. Dependía de la fantasía que reinaba en mi imaginación.
Tenía mucho que ver con la luna, todo que ver con el sol. Era un estado mental dentro del cual me zambullía. Como pato, ahí podía nadar o volar. Un lago plácido. Verde y azul. Gotitas de agua jugaban con mis plumas, eran los descubrimientos que coqueteaban con mis ideas. Podía desplazarme, a lo alto o a lo bajo, a lo poblado, a lo solitario. Mi lugar era un santuario.
Lo habitaban mis más amados y la certeza, tan necesaria, de sentirme también querida. Ahí las tormentas gozaban de una vacación permanente. Lejos. Distantes de mis flores, de las canciones o de los sueños. El miedo era ajeno a mi vivir jugando. Precisa desempolvar el arte de volver allá.
Llegaré de nuevo a tus confines, inolvidable y mágica niñez. Planeta de cobijo y promesas, algún día nos volveremos a encontrar.