NUBES QUE SE BESAN

Nubes que se besan.
Se fusionan, se aman,

bailan un vals.


Después se alejan.

Es culpa del viento,
celoso porque no las puede besar. 

Llega  el adiós rotundo,
 despiadado.
Despedida impostergable.





Una mirada última se dan, antes del final.
Transforman su cuerpo vaporoso
 en agua torrencial.

Son lágrimas que bajan del cielo,

Lloran tanto, 
porque jamás se volverán a besar.

PARA EL ETERNO ARRULLO

Lugares de magia y soledad. Iluminados, 
con olor a tierra o sabor a mar,
 espacios para encontrarme.
 Perfectos.
 Para el vaivén eterno de las emociones encontré una hamaca,  frente a una bahía solitaria.
Perfecta para arrullarlas y darles consuelo. Su balanceo sin estrépito fue ideal para pensar, para pensar sin temor.   
Eternidades de tantos tamaños.
La mía pequeña,
la tuya…¿quién sabe?
Siempre has estado ahí.

DE MADERA

Camino de madera para corazones marineros,
 el muelle que encontré me permite entrar al mar 
para robarle pedazos de paz.

 A él le sobran, lo leo en el espejo intacto 

de sus aguas.


Solo el viento rompe el silencio mañanero. 
El tiempo se detiene 
y me regala minutos de buen cielo, 
celeste, despreocupado. 

Podría morir aquí…



BLUEWATER RESORT, HILTON HEAD S.C.
Sept 2014

DISEÑADORA

Fuente de todo tipo de lecciones es esta madre mía. En silencio veo como se hace cargo de mi hermana enferma. Empuja la silla de ruedas como si fuera extensión de sus manos. No me deja ayudarla mucho, así es ella. Conoce como nadie las llantas y mañas de ese aparato que permite a Mayarí conocer un poco del mundo. Un poco apenas. Mi mamá saca el jugo a ese pequeñísimo horizonte.
Un tono de su celular sorprende en distintos momentos. No es una llamada. “Es la alarma, le toca su medicina a tu hermana” aclara.
Este mal incurable que tomó posesión del cuerpo y la voluntad de mi hermana, ha sacado de mi mamá habilidades poco convencionales. Aparatoso y triste sería describir los detalles grises -síntomas y condiciones- de esta enfermedad. Basta con decir que para facilitar un poco la vida de su hija, mi mamá es diseñadora industrial, ingeniera mecánica y enfermera por supuesto. También tiene algo de psicóloga. Conoce la mente de la paciente y a veces adivina lo que sucede en las de las otras hijas. Le toca ser asesora de imagen, escoge todo lo que su niña enferma necesita conciliando funcionalidad con estilo. Invierte horas para que luzca bonita.
Es malabarista de minutos. Balancea el tiempo para que las actividades del grupo no pierdan “normalidad”, pero a la vez lo mide al ritmo de las circunstancias. Sus tiempos son diferentes, compasivos.
Convivir durante una semana todas las horas del día con ellas, en un collage de tres generaciones fue una aventura inolvidable.
En medio de la silla de ruedas, sondas y una bolsa de pastillas que parece sorpresa de piñata, se las agencia para que su entusiasmo no se desintegre. Con habilidad teje experiencias de cercanía con un nieto que deambula en una dimensión paralela y de colores, y lo disfruta. Saca energía de cada rincón suyo, no deja de asombrarme.
La guinda de su malteada fue la paciencia que me regaló. Llevábamos un GPS que jugaba torojil en mancuerna con mi zurda indecisión en asuntos viales. Conocimos así carreteras, caminos y hasta aguas que no formaban parte del itinerario original. Mi mamá debe haber regresado con ojales en la lengua por tanto morderla, e indigestión por las palabras que se tragó ante mis vueltas. Se dejó querer mucho y guiar un poco. Gran fortuna para mí, que manejo una cadencia con menos voltaje. Me siento tan agradecida.