UN MUSEO

Sé de personas que son genuinas obras de arte. Las he encontrado en rutas bifurcadas, en espacios silenciosos, en jardines y hasta en los sitios más insólitos. No me canso de admirarlas ni de inspirarme ante su perfección. Y no me refiero a pieles de porcelana, cabellos de seda o figuras de estampa griega. Tampoco y para nada a facciones de celebridad francesa reinventadas con photoshop.

Hablo de belleza sólida, de la que perdura y crece como árbol de raíz profunda.  Hablo de gente hermosa por generosa, por auténtica. Personas que sonríen y acompañan de verdad, que se sienten y se dejan tocar.

Seres que con sus gestos nos hacen sentir amados y aceptados, que con sus ocurrencias nos regalan el gozo de la buena carcajada. Amigas y amigos que decoran nuestro universo y aligeran nuestras cargas, que atraviesan con nosotros túneles oscuros o suben nuestras montañas más empinadas. Permanecen a nuestro lado para que los miedos paralicen menos, para que la cuesta se sienta más ligera, para multiplicar los pequeños instantes de gloria.
Sin pretensiones, declaro que mi vida es un museo cinco estrellas. En ella habitan verdaderas obras maestras. Personas que resplandecen y a quienes agradezco por formar parte de mi colección vital y sagrada.

PARA VER LAS ESTRELLAS

Salgan a ver las estrellas. Esta noche pareciera que se les antojo acercarse y encenderse un poco más. Coquetas. Dan ganas de contarlas y tocarlas, como si fueran aquellas pecas. Cada una un sueño: los alcanzados, aquellos que se fueron por imposibles y lejanos, los que dejamos ir…los que aún aguardan.

Ojalá puedan verlas. Y sentirlas, sobre todo sentirlas.

Con Sabines sobrevivo

Anoche escuché a mi amigo Jaime. Habló con tono amoroso, siempre lo hace. Como si fuera un milagro, como si supiera lo que necesitaba en ese preciso momento, su voz de eternidad susurró:
“Si sobrevives, si persistes, canta, sueña, emborráchate.
Es el tiempo del frío: ama, apresúrate.
El viento de las horas barre las calles, los caminos.
Los árboles esperan: tú no esperes.
Este es el tiempo de vivir, el único.”

¡Cómo te quiero amigo Sabines! ¡Cuánto me has acompañado! Te fuiste para quedarte, para salvarnos. Ninguna sensación se parece a la de a cerrar los ojos con tu verdad en las manos.

CELEBRAR AFECTOS

Coincidir con alguien a quien se le agripe el corazón con los mismos virus del desamor y la indiferencia, se le alivie con los mismos remedios, y a quien la elocuencia de la mirada le diga más que muchas palabras, no tiene precio. La conexión es tan transparente que la sentimos natural y revivida, como si en otra vida nos hubiéramos conocido.

No necesitamos explicarnos porque pertenecemos a una especie del mismo, y a veces raro, color. Nos duelen las mismas injusticias y nos siguen asombrando ciertos milagros. Nos carcajeamos al unísono y se nos divierte el alma con ocurrencias comunes. Somos compañía silenciosa cuando es lo que precisa o consuelo sólido cuando llegan las sombras. Un rato compartido es una fiesta, una canción.

Y como a estas alturas no transito la vida guardando silencios sobre ciertos sentires, hoy tengo ganas de escribir mi gratitud por contar con las personas que comparten conmigo visiones y demencias. Nunca es demasiado temprano para celebrar afectos.

ESTADO DE GRACIA

Dices que es una obsesión que roza la demencia. Te parece peligrosa. Opinas que tanto y siempre confunde. En mi planeta íntimo no cabe esa preocupación. Demencia, obsesión, peligro, llámalo como quieras.

Para quienes vamos por la vida con un libro acunado en las manos y atado al alma, leer no es obsesión, es pasión. No es demencia, es estado de gracia. No es peligro, es salvación.