SIN PENSARLO MUCHO

Con ojos y manos, con brazos y piernas.
 Con sonrisas, labios y dientes.
 Con intenciones, ideas y con palabras genuinas. 
Con aceptación completa, desde el alma abierta.

Con conversaciones geniales y el más amarrado de los abrazos. 
Con besos. Dulces a veces, audaces otras, sinceros siempre. 
Con susurros amables. 
Con tiempo en abundancia y ocurrencias de locos. 

Sin pensarlo mucho.

Así se ama, así se quiere.
 Así se regalan chispazos de felicidad.


EL MÁS DULCE

El sábado recibí un regalo inesperado. De esos que te dan sensaciones únicas, como cuando sos niña y te regalan un buen chocolate, un Toblerone para ti solita, para citar ejemplos.
 
Fue en Sophos, siempre sucede lo grande y distinto en este espacio que a tantos cobija. Salía del club de lectura “Guatemala las letras de su historia.” Pensativa dudaba si la discusión, en algún momento, había llegado a las profundidades que me hubiera gustado encontrar. De hecho salí con el ceño fruncido. En esa cavilación estaba cuando me encontré al Dr. Mario David Garcia. Le mandé saludos a su hija, quien estudió en la universidad conmigo y a quien quiero mucho. Al escuchar mi nombre completo, abrió más los ojos, y en ese momento me dio un singular Toblerone.
 
554, ¿le dice algo ese número?” puse cara de ignorante. ”Era el número de interno de su papá en el Adolfo Hall. Bin y yo fuimos más que compañeros de clase, fuimos buenos amigos.” Me habló de lo terriblemente travieso que fue mi papá, de su rebeldía feliz y su picardía llena de ocurrencias. Me contó que, mi rebelde padre, era “corneta”, y le costaba tres mundos tocarla. Después de que, finalmente, lograba emitir alguna tonada con la trompetita militar, la usaba para gastar bromas a sus amigos.
 
Riendo con gusto, dijo que mi papá y el rigor del uniforme no se entendieron nunca y que siempre debía castigos. Con sentimiento me contó que todos lo quisieron, que les dolió mucho su partida. (Léase muerte. A veces a la gente le da pena llamarla por su nombre.) Con más cariño del que aquí puedo escribir me dijo que lo recordaba siempre y mucho. Y así fue como este señor de noticias del siglo XX  me regaló mi Toblerone, el más dulce de todos.
 
Cuando salí de Sophos ya no pensaba en cuanto análisis faltaba a la discusión de “la Patria del Criollo”. Traía conmigo asuntos más valiosos: un número que desconocía y que de ahora en adelante jamás olvidaré. La imagen de mi papá adolescente, su cabeza rapada y la corneta en su mano. La certeza de que, a pesar del mucho tiempo que ha pasado, todavía es recordado.
Un genuino trozo de felicidad, distinta a la que, guardada en un libro, llevo en manos cada vez que salgo de Sophos.
 

 

Estoy agradecida.




 

HIJAS HUÉRFANAS

“Me pregunto si habrá una edad en que las huérfanas dejen de buscar a su padre”. AM

Esta frase la leí en “Puerto Libre”, y creo que la respuesta es no. No dejamos de buscarlo. Se nos gasta la imaginación en esa búsqueda constante. No me alcanza la creatividad, y eso que a la mía, a veces se le antoja amanecer grande. Llevo treinta y seis años de perseguir rastros del mío. Escudriño la música, repaso las voces de la memoria, registro el aire, y en días como hoy: exploro la lluvia, al rato viene una sonrisa suya disfrazada de gotas.

En momentos generosos de milagros y sorpresas, lo encuentro. En alguna imagen guardada, en el recuerdo de alguien más, en un verso o en los ojos de sus nietos.


NI DEMENCIA NI EXTRAVAGANCIA

No les temas, llegan así, libres y sin pedir permiso. Las verás emerger despacio y caminar con suavidad cuando la música me sacude el corazón. No te apures. No traen pena.

Si aflora alguna mientras sostengo un libro, ni te inmutes. Han encontrado un verso luminoso y desean besarlo. Se han enamorado de un lugar, una historia o de un personaje. Entre líneas han descubierto algún buen amor. Es su modo con las letras y no traen dolor en su humedad. Solo alivian a las emociones antes de que estas estallen y se pierdan por mil caminos. Ignóranos.

A aquellas que llegan cuando pierdo la mirada en algún cielo o en algún mar no las interrumpas. Tampoco las juzgues por favor. Son gotas de nostalgias y de recuerdos. Evocan gente y pasados. Son necesarias para traer alivio, indispensables para continuar.

No pretenden conmover, tampoco incomodar. Solo llegan como lluvia ligera para refrescar, para que pueda renacer.

Son lágrimas de alegría, de gozo, de descubrimiento. Son cascadas pequeñas de remembranza. Me recuerdan como he vivido y cuanto siento.

No les temas, no las condenes. Cuando las veas recorrerme, si quieres, puedes abrazarme fuerte. Cierra los ojos, entonces entenderás. Si no quieres el abrazo no pasa nada.

No te sorprendas si en medio del llanto de pronto sonrío. Suele pasar que risas y lágrimas se acompañan, no es demencia ni extravagancia. Es sentimiento.