MAYO, LLUVIA Y RECUERDOS

Ha de ser una rareza mía, o tal vez le sucede a todas las personas que pierden algún ser querido –muy, muy querido– cuando son niños. Pero tengo la maña de evocar en todo a mi papá. A veces la imagen llega suave y resbalada, otras busco asociaciones desesperadas. Es una necesidad que se ha intensificado a paso de año. Pareciera que la nostalgia crece dentro de uno como crece un roble: eterno y rotundo.

La lluvia de mayo tiene aroma de recuerdo. Veo el rostro y los ojos profundos de mi papá como si fuera ayer, como si todavía estuviera. Esconde en sus manos, detrás de la espalda, un regalo para mí. Tengo seis años. Lo veo con curiosidad.

Se me ha pegosteado un jingle de la televisión: “Capas Ciclón, en el invierno dan protección.” Lo canto todo el día. Tanto me gusta, que mi máxima ilusión es poseer una capa, una sombrilla y mis botas de hule. Si llueve o no, es lo de menos. El regalo de mi papá es precisamente eso: una capa anaranjada -Ciclón, por supuesto- y una sombrilla amarilla. Está estampada con una muñeca que parece caricatura china. Es linda mi sombrilla. Las botas rojas de hule Incatecu, son proyecto de mi mamá. Me siento la más feliz. Protegida de la lluvia por mi atuendo, y de la vida por mis padres.

Por mi ventana veo líneas verticales de lluvia generosa. Con premura coloco sobre mi pijama las piezas de mi atuendo compradas en Almacén El Tigre. Y salgo al jardín. A estrenarlas, a mojarme como solo los niños lo hacen: sin penas.

Corría el año 76, y en él hubiera querido quedarme. En aquel jardín de Mixco, con mi papá, con mis botas y mi capa y la certeza de que todo era perfecto.

O tal vez la nostalgia lleva el nombre de mayo. Mi papá murió un mayo de lluvias.


VUELVE A MORIR BENEDETTI

En un 17 de mayo como el de hoy murió Mario Benedetti, fue en el 2009. Era domingo. Un buen día para morir, supongo. El ritmo del domingo es distinto, pausado y generoso. Me enteré en las noticias del día siguiente y recuerdo cuánto me cambió el día.

Pero Benedetti se fue para quedarse. Está en sus palabras, en las imágenes y en su voz grabada para siempre. Habla en la inmortalidad de sus poemas. Y le hago honor de honores: sin copy-paste. Tecla a tecla transcribo un grano de su vasta arena.

RUTA (fragmento)
Biografía para encontrarme
Pág. 49, Prisa Ediciones
La encontré en mi bolsillo / era una ruta
no sabía hasta dónde me llevaba
pero igual la seguí en un merodeo
con todas mis nostalgias en la mano
era un atlas del alma / la conciencia
de lo que cometí y lo que me espera
en el suelo vi huellas que eran propias
así que era una senda ya corrida.

Benedetti Inmortal



  

TRABAJO PRIMERO

La celebración del día del trabajo tiene un origen triste. Muchos de los que participaron en la huelga del 1 de mayo de 1886 en Chicago fueron condenados, algunos a muerte. Es escandalosamente incomprensible.

Pero más allá del origen del asueto, el trabajo se celebra y se agradece. Mi primer empleo fue cuando tenía 13 años, en un parqueo del Centro Cívico. Nada heroico, mi mamá me avisó que trabajaría ahí todas las vacaciones. “Tenés que aprender de negocios” dijo.

Todos los días me iba a dejar a las 7 de la mañana. Debería aprender a usar el reloj marcador, a dar y recibir los tickets, a troquelarlos y a calcular tarifas. A cobrar y dar vuelto. Me gustaba mi trabajo.

Lo más alegre fue que aprendí a mover y estacionar carros. Aunque no fuera parte del perfil de mi puesto, Tomás el encargado, resignado ante mi insistencia, me enseñó. Manejar carros ajenos a esa edad era una aventura.

A pesar de lo poco común de mi primer empleo como vacacionista, fueron meses inolvidables. Ejercité mucho el cálculo mental, entendí lo que se gestaba en la Torre de Finanzas, lo que hacen los procuradores y lo que sucede en la Torre de Tribunales. Conocí gente diferente. Aprendí, ante todo, a encontrar gozo en el trabajo. Mi mamá me dio la oportunidad, el ejemplo, y me lo heredó en los genes. La experiencia, observándola desde la distancia de los años, me hizo sentir bien, útil, hasta importante. Marcó un antes y un después. Definió que esto de trabajar todos los días seria mi camino siempre.

Después vinieron los trabajos de vacaciones más normales: empaqué regalos, di clases a niños pequeños, fui asistente de una tutora, vendí galletas. Pero mi trabajo en el parqueo será siempre mi favorito. Fue sensacional y el gozo lo revivo todos los días. El recuerdo me hace bien.



TIGRE Y ZAPOTE

Leí “El Tigre” de Flavio Herrera hace mucho. La descripción de las fincas de la boca costa que dejó en la novela jamás la olvidé, tampoco la poesía que usó para explicarlas. Todo era fuego y ardor. Violencia, seducción. Entiendo por qué a este autor el trópico se le metió en el alma, algo parecido sentí yo. Hay una fuerza en el ambiente, los colores son tan explosivos como la fuerza que mueve al caudal de sus ríos.

La exuberancia del aire, de las flores y los animales se mete con ímpetu por los ojos, nos posee. Parece droga que invade la sangre. La calidez y el aroma de lo verde y de la gente son un espectáculo. Inspiran. Todo es tan intenso que abruma un poco y alborota mucho.


EN EL DÍA INTERNACIONAL DE LA DANZA

Hoy, 28 de abril,  es el Día Internacional de la Danza, feliz decisión tomada por la Unesco en el 82.

Somos muchos los hechizados por este arte. Escucho una rumba y la sangre me baila, los pies la acompañan. Celebro a la historia que nos legó este milagro que celebramos con cuerpo y sentidos.

Jamás olvidaré aquel día a mis siete años, en el que con tacones y castañuelas me enamoré para siempre del flamenco. Y como todo romance grande, morirá hasta que yo lo haga. Hoy le rindo homenaje y agradezco lo que me ha regalado.

A todos aquellos que resucitan al bailar, les deseo un feliz Día Internacional de la Danza.



SIMPLE DICHA

Soy dichosa. Hay sensaciones que no perderé a pesar del paso del tiempo. Tengo la feliz certeza de que cuando la ancianidad me sorprenda seguirán aquí, muy adentro. Lo sé porque si se van ya no sería yo.

Una de ellas, vital como los abrazos, es la capacidad de asombrarme ante experiencias simples. Me emocionan profundo. Como un libro bien devorado, un poema que hace todo sentido o el reencuentro con alguna amistad de mi niñez. Escuchar una canción que me transporta a un buen recuerdo puede hacerme saltar de alegría, como niña.
Me cambia el color del día. Son todos dulces sabores que me sacan risas. Soy dichosa.



DESCUBRIMIENTOS

Algunos descubrimientos de mi niñez son trozos que traigo a buen resguardo en la memoria. Esos momentos iluminados de respuesta que explicaban los misterios del mundo adulto. Algunos fueron extraordinarios. Guardo por ejemplo, un regalo que trajo cierto día en los años setenta y que sigue sacándome una sonrisa. Sentí alegría y una especie de poder nuevo y mágico. Fue el momento en el que descubrí que en el radio se puede cambiar de estación. Fue en la cocina de nuestra casa de Tinco. 

Olía a frijoles, nunca lo olvidaré. Vi como Lupe daba vuelta a una pelotita del radio anaranjado de la cocina. Como si fuera brujería, se interrumpió un anuncio aburrido y dio paso a alguna balada en español.

Empecé, sin hacer mucho caso a las protestas de la cocinera, a buscar y encontrar, a dar vueltas a la pelota milagrosa. Aprendí que no solo Radio Rumbos existía en el mundo. Conocí la 5-60, la Fabu Estéreo, Cadena Azul y hasta me enamoré de la voz de Juan del Diablo en una radionovela. 


Durante la pausa escolar obligada que trajo el terremoto el tiempo sobraba. Yo me lo gastaba “jugando radio”. Me metía bajo una mesa del campamento con un radio pequeño de transistores. No recuerdo de quien era. Me volví experta en buscar música. Con el paso de la vida conocí muchas emisoras y sus programas. Desde aquella época feliz de niñez, el gozo de escuchar música me acompaña cada día de mi vida.

La forma en que escuchamos música ha cambiado. La era digital se encargó de marcarla para siempre. Pero mientras el tráfico exista, el arte de la radio también vivirá. De forma feliz e inevitable forma parte de nuestra cotidianidad.