SIN CARICIAS NO SE VALE

Sin caricias no se vale. Si no siento tu piel a mi tacto es como si nada sucediera entre nosotros. Y lo nuestro es íntimo, una relación cercana como la de la lluvia y la tierra. Me hablas de emociones, me cuentas tus historias, cómo podría hacerlas mías sin sentir tu piel de seda? Paso horas con mis manos sobre tu cuerpo generoso, sin ese contacto moriría de tristeza.

Tu presencia sin condiciones me ha salvado, una y otra vez de la soledad y de otros demonios. Sin darte cuenta, tu roce me devuelve mil esperanzas. También está el tono de tu voz, el ritmo de tus palabras. Tus buenas y brillantes palabras. Te aprieto a mi pecho. A veces te salpico de lágrimas, otras de carcajadas. Nada es eterno. Cuando lo nuestro está por llegar a su fin, siento un agujero en la panza. Algo me duele en la imaginación. Cuando me dices adiós tengo la certeza de que jamás volveré a ser la misma. Dejas trozos tuyos en mí.

Así es amado libro, jamás te olvidaré. Me has hecho feliz. Por eso sin la caricia de tu papel, sin la tonada que tus páginas van cantando a su paso, simplemente no se vale.





MIGUEL HÉRNANDEZ

“¿Qué hice para que pusieran
   a mi vida tanta cárcel?”
    M.H.

Un día como hoy, 28 de marzo, en 1942 muere el poeta español Miguel Hernández. Falleció en una prisión franquista de Alicante. Apenas tenía 31 años.

Murió un poeta de poetas, su crimen fue escribir poemas. Y eso da mucha tristeza.


Me enamoré de sus frases sentidas, y gracias a Neruda, quien en sus memorias lo menciona, describe y honra, lo admiro aún más. Y así escribió el poeta chileno acerca de su amigo español, Miguel, poeta y pastor de cabras.


“Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía, sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera…” P.N.




“Canción Última” 
Joan Manuel Serrat canta a Miguel Hérnandez

REGALOS

Los regalos que más aprecio de la gente son gestos. También son lo único que realmente necesito y los agradezco con cada poro y a cada instante. Resultan ser simplezas grandes.

Una conversación pausada y armoniosa. Una ocurrencia que nos arranque carcajadas y nos recuerde que a veces cae bien mandar a la seriedad a dar un paseo. Una sonrisa sin condiciones en aquel momento peludo. O un intercambio de risas por el simple milagro de tenernos.

 Un abrazo tierno pero también sólido, largo y salvador. Un beso cálido y sincero. Un silencio inteligente cuando las palabras sobran. Una expresión compasiva cuando las palabras faltan. Dos brazos fuertes que me levanten cuando caigo derrotada.

La fortuna de su compañía. La certeza de que creen en mí. La convicción de que nos necesitamos.


A LA POESÍA EN SU DÍA

Hace  poco escribí –de nuevo y para variar- acerca de la poesía. Decía algo así:

La relación que construimos con los poetas se da en un encuentro íntimo. He aprendido que la poesía es un vicio de soledades, no puede compartirse. Cada quien la entiende como siente la vida, y nadie la siente igual.

De acuerdo a la UNESCO hoy es el Día Internacional de la Poesía. Celebro al poeta, al muerto y al vivo. Son tantos los poemas que se han escrito. Cuentan historias de amores, soledades, de muertes y vidas infinitas. De naciones y pueblos. Faltan muchos otros por escribirse, mientras nazcan seres que sientan habrá poesía.

Siempre, antes de dormir leo un poema. El efecto que provoca varía, depende del estado de ánimo que tenga y de las circunstancias que esté viviendo. Lo cierto es que siempre se involucra con las emociones. Por lo general hace bien, otras veces invita a llorar. Hay ocasiones en que un poema inquieta e impacta, provoca búsquedas y abre puertas antes ocultas. Después de todo de eso se trata: la poesía es para sentir. Si prestamos atención, está en todas partes. 

Podría decir que cada noche me voy a la cama con alguien diferente. Su piel de papel acaricia mis manos. El escándalo de su verso entra por mis ojos y llega hasta la entraña remota, su voz de tinta endulza mi memoria. Tengo a mis favoritos de siempre: Sabines, Salinas, Benedetti, Lorca, Storni, Belli…todos son testigos de cómo envejezco y evoluciono a paso de página. Los revivo cada noche, para mí son mágicamente inmortales. 



A LOS MAESTROS DE LAS COSAS SIMPLES EN SU DÍA

Traen algo adentro que los hace capaces de amar a corazón abierto, sin juicios, sin complicaciones. Les dicen “Especiales” y sí que lo son. Pero no por ese cromosoma que llegó de más en su ADN, sino por la manera en que quieren y abrazan. Mañana es su día. Celebremos en todo el mundo sus vidas y logros.

Cuando Javier era niño asistía a clases de pintura, el arte es lo suyo, fue en la academia Casa Azul. Había entre los alumnos uno de esos chicos bellos con Síndrome de Down. Se llamaban igual. Y este niño, un poco mayor, se convirtió en el ángel de la guarda de mi hijo. Con esa forma tan cálida que tienen para comunicarse, siempre que recogía a mi Javier, José Javier –así se llama este amiguito artista- salía a darme toda la crónica de lo que habían hecho en clase, lo que habían refaccionado, donde se sentaron y cuanto les faltaba para terminar. Me fascinaba como trataba a mi niño. Su actitud era una belleza, y me acostumbré a su ritual informativo.

Con el tiempo Javier dejó de ser niño y también de pintar. Años después, en un curso de vacaciones en el que estuvo mi hijo pequeño, lo encontré de nuevo a José Javier. Fue en la misma academia. Con naturalidad y ese entusiasmo que las personas transparentes como ellos sienten, me preguntó por el “otro Javier”, el mío. Increíble: no lo había olvidado.

Actualmente ambos Javieres son adultos. A José Javier lo he visto en las obras de la Fundación Margarita Tejada, aún tiene esa forma de abrazar al mundo con su actitud. Ellos no pierden eso mágico que tienen los niños y que los hace maestros de las cosas simples. Merecen ser celebrados por todo lo alto.



SABINES

Hoy hace quince años murió otro de mis grandes poetas. Y digo míos porque estos duendes del buen verso,  de verdad me acompañan. En un encuentro íntimo, porque he aprendido que  la poesía es un vicio de soledades. No puede compartirse mucho. Cada quien la entiende como siente la vida. Y nadie la siente igual.
Conocí a Sabines en “El Cielo de Los Leones”  de Ángeles Mastretta.  Sus versos hicieron todo el sentido y me llenaron tanto que voy por la vida coleccionándolos. “La Luna”, es de mis favoritos.  A propósito de las recientes noches de luna iluminada se los dejo. Para que se tomen la luna a cucharadas.


 LA LUNA
(Jaime Sabines)
La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia
a los que se han intoxicado de filosofía.
Un pedazo de luna en el bolsillo
es mejor amuleto que la pata de conejo:
sirve para encontrar a quien se ama,
para ser rico sin que nadie lo sepa
y para alejar a los médicos y las clínicas.
Se puede dar de postre a los niños
cuando no se han dormido,
y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos
ayudan a bien morir.
Pon una hoja tierna de la luna
debajo de tu almohada
y mirarás lo que quieras ver.
Lleva siempre un frasquito del aire de la luna
para cuando te ahogues,
y dale la llave de la luna
a los presos y a los desencantados.
Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna
en dosis precisas y controladas.


COINCIDIR

Llega suave, fácil, rico. Se apodera de nuestros sentires y nos hace felices. Es la capacidad de conectar sin límite con otro ser humano, de reír y sonreír con él, de perderse juntos en el lujo de una conversación iluminada. Es coincidir. Gran privilegio es la necesidad de necesitarnos. Y yo la celebro.




Si la vida se sostiene por instantes
y un instante es el momentos de existir
si tu vida es otro instante.. no comprendo
tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio… y coincidir