DE CEJAS…


Desconozco cuantos siglos llevan navegando en el ADN familiar esas cejas moriscas y frondosas que adornan los ojos de los hombres Serra. Imagino a algún campesino catalán, antepasado de mis antepasados arrasando miradas con la suya.

Sé que atravesaron el Atlántico en un temprano siglo XX custodiando los ojos y las inquietudes de mi bisabuelo Juan Serra Masalles. Este catalán y su mirada esperanzada, abandonaron su Valls Tarragona natal en busca de una vida de aventura y oportunidad en América. Como el destino tiene un genial sentido del humor, lo trajo a esta tierra de maíz y volcanes. O tal vez ese era el plan original. No sé. Ninguno de los afortunados conocedores de su historia vive para contármela.



Un siglo ha pasado desde el día que Guaguán divisó nuestra costa. Encontró la vida que buscaba y le regaló a su nueva tierra una familia. Ya somos cuatro generaciones, cosecha suya. Su fuerte acento catalán se fue junto con sus recuerdos del Viejo Mundo. Le hacen compañía perpetua en la tumba. Sus cejas en cambio, atravesaron el océano para quedarse. Prosiguen su viaje. Navegan imponentes en la sangre Serra. Hijos, nietos, bisnietos… Muchos llevan su sello: esos ojos moros, que observan el mundo al amparo de dos arcos oscuros, gruesos, magníficos. Como los de mi abuelo, los de mi padre, los de mi hijo…






TODA LA BONDAD EN UN PEQUEÑO SILENCIO

Mi mamá va por la vida con la bolsa llena de ideas tecnológicas y la boca de consejos grandes. Los disfraza de frases simples.

Desde que éramos niñas nos decía:

 “Si no tienes nada bueno que decir, mejor no digas nada.” 

Ya no somos niñas, pero lo sigue pregonando. Lo aprendí de corazón, mejor de lo que aprendí las tablas de multiplicar. Es una verdad más útil que cualquier malabar de cifras. Creo hasta con los huesos en la bondad -o compasión- que estas pocas palabras albergan.

Sería una fiesta si todos lo aplicáramos, si siempre lo tuviéramos presente. Sería un regalo de benevolencia, un atisbo de sabiduría desapegarnos de la mala costumbre del juicio. Sobre todo, cuando aquello que se juzga es trivial y sin consecuencias. El color del pelo, un hobbie que pareciera perdida de tiempo ( que nos importa, al fina de cuentas no es nuestro tiempo), la forma de vestir. Esos son asuntos de cada quien. 


Aquellos seres que practican este deporte de aprobar o reprobar, no se dan cuenta -o tal vez si- que una opinión descalificadora no construye nada, pero destruye mucho. Arrasa con buenos momentos, aniquila estados de ánimo, evapora certezas felices.


 Y al final, ¿Qué queda? Una opinión escrita con veneno, un espíritu en la lona. Nada ganado.