PROPIA Y AJENA

Gran cosa es la experiencia. La que se construye a prueba y error. Esa que se baña con lágrimas o se adorna con risas, que aprieta nudos o provoca vuelos de mariposas en la barriga. También está la que conocemos observando. Esa es distinta y distante. No se teje en el ADN de nuestras emociones. No es nuestra. No tatúa el sentir como la digerida a título personal. Pero a paso de año y de pena algo nos deja.

Quisiéramos transmitir a los jóvenes las lecciones dejadas por nuestras experiencias. Y nuestra habilidad para aquilatar la de otros. No sucede. Como tampoco sucedió cuando nosotros éramos esos seres con pocos años y mucha hambre de experimento.

A veces recuerdo una adivinanza:

 “Qué es aquello que se compra caro, se ofrece por nada y con frecuencia se rechaza? La experiencia. La experiencia de los viejos.”
 Isak Dinesen


Realizo que mi forma de creer en su sabiduría me cuenta que ya hay algo de vieja en mí. Y esa certidumbre me hace muy feliz.


“Es un viaje la experiencia, un camino, 
un horizonte conquistado,
 muchas lecciones aprendidas 
y todos los momentos atesorados”
NSdP

COMPLICIDAD

Ante esa complicidad, no tenemos remedio nosotras las mujeres. Pareciera venir programada en nuestro ADN. Nos necesitamos, es simple y maravilloso. Con hilos de confidencias y consejos, tejemos amistades vitalicias. Empieza desde que somos niñas. En preparatoria, entrábamos juntas al baño, eso era la natural. Pareciera que las vejigas se sincronizaban. Ahí, frente al espejo, jugábamos “de arreglarnos”, siempre en enjambre. ¿Jugar solas? ¡Qué aburrido!
Ese hábito de acompañarnos en todo crece con nosotras. En primaria, era la decoración de nuestros cuadernos o el gusto por los niños. Si a mí me gustaba alguien, a mis amigas también debía gustarles alguien, mejor si los chicos eran amigos. Ellos nunca se enteraron, ni supieron de las pláticas que construíamos en su honor. Eso no importaba, colgarse en mara era el tema. Fue una costumbre que atravesó el puente hacia la adolescencia. Enamorarse solas no se valía.

La vida no detiene su paso, nos lleva de la mano y, como les sucede a los hombres, le divierte esa danza colectiva en la que bailamos juntas las mujeres. Compartimos recetas y costumbres ¿Alguna amiga se ahoga en penas? Nos vestimos de salvavidas o nos ahogamos juntas. Remojamos sus pesares en tardes de café, pastel y lágrimas. Con las tazas vacías y los corazones reconfortados por haber compartido la dificultad, nos despedimos cuando ya la luna observa o los maridos atolondran. Nos abrazamos y prometemos continuar la tertulia para encontrar soluciones, o simplemente para llevar el peso en grupo.

 ¿Se trata de celebrar? Hacemos fiesta con sabor a brindis. Un bebé a nuestros cuarenta en camino, una nieta que nos ubica en otra generación, o el simple hecho de que no hemos tenido sustos, es suficiente motivo para reunirnos. Nos reímos hasta que las lágrimas brotan y la razón se aligera a sorbo de buen vino. La celebración entre amigas rejuvenece, y ensordece. No escuchamos los celulares malintencionados que pretenden interrumpir nuestro momento.

Es inevitable y delicioso, nos necesitamos. Compartimos pasados y lecciones. Cocinamos conversaciones en las que pretendemos arreglar el mundo. No siempre lo logramos, pero nuestro pequeño universo es mejor por el hecho de tenernos.
Y en el umbral de la menopausia aguardamos aglomeradas lo que la vida trae. Seremos viejitas cuchubaleras, medio sordas y muy chocas hablando de artritis. Seguiremos reunidas en las buenas y en las malas, brindando con vino y recuerdos.

En cuanto a la ida al baño juntas, es un ritual sagrado e inevitable. Se me hace que también es genético. Las vejigas y las intenciones están mágicamente sincronizadas. Se llama cariño de amigas.

NÚMEROS Y AGRADECIMIENTO

El año pronto se irá. En medio de este trajín de locos hago una pausa, y pienso en el trabajo. Danzo con cifras, interactúo con partidas e informes. Los números me hablan, en nuestra relación cotidiana algo tratan de decirme, algo importante, siempre. Atenta, con mente abierta los escucho. Y es así como me gano la vida.

Hoy soy yo quien tiene algo que decirles. Debo manifestarles mi agradecimiento. Ellos me educan, su evolución define la mía. Me hablan de prudencia y buenas prácticas. Cada proceso, cada acto comercial cuenta una historia. Con su lenguaje de dígitos, mis números me dan lecciones de vida. Platican de ética, de razones saludables y me enseñan que al cuidarlos creo valor para mi país.

Cada fin de año en mi vida profesional se cierra un ciclo. Doy vuelta a la página, satisfecha de haber aprendido y entregado algo. Consciente de que en las dificultades, también fueron maestros importantes estos procesos del devenir en los negocios. Mantengo la humildad necesaria que acompaña a la gratitud. Es indispensable para continuar.
Empiezo a escribir la página del próximo ciclo, con palabras de compromiso, con frases que cuentan sobre retos y párrafos que dan forma a un nuevo plan. Son sueños concretos de mi equipo de trabajo, y con el compromiso de toda la vida, me hago cargo. Agradecida, siempre agradecida.

VOCES

Dicen que la voz de nuestra gente amada es lo primero que reconocemos y también lo primero que olvidamos. Las voces de los nuestros son apapachos de palabras y caricias sonoras. A veces suenan a tormenta, a truenos y relámpagos, pero sin ruido no sería tan emocionante esta vida.
Javier, nuestro hijo mayor entró al mundo con mucho alarido. Lloró con tal escándalo, que dejó en claro lo bien que se formaron sus cuerdas vocales y pulmones. Aún en la sala de partos, Alex lo puso sobre mi pecho y me pidió que le hablara. Así lo hice. A paso de palabra, se fue calmando. Con los ojos hinchados como empanadas, me devolvió la mirada. Atendiendo a mis sonidos, su llanto se fue, y en su lugar dejó los suspiros más dulces que he escuchado. Me gusta creer que reconoció la voz que durante nueve meses lo acompañó mientras nadaba en mi barriga.
El día antes que murió mi papá, estuvimos platicando mientras nadábamos en el canal del Jiote. Me explicó porque su reloj no se arruinaba aunque lo mojara, ese día aprendí que existen los relojes contra agua. Me habló también del arte de esquiar, porque mientras platicábamos mi mamá estaba esquiando.  Durante muchos años, su voz y algunas expresiones precisas, sonaban claras y fuertes en mi memoria. Treinta y cinco años después del accidente, son susurros en mis recuerdos más desesperados. Debo hacer un esfuerzo para recordar el timbre de sus palabras. A veces lo logro, a veces no. Es como una grabación en cinta del siglo XX que ha perdido su fidelidad. Su imagen en cambio, es robusta, y con el transcurso de la vida ha crecido en el recuerdo.

La voz de mis hijos es mi música. Uno la tiene de poeta, y canta. Se parece a la de David Bisbal, no exagero. Me habla con dulzura…a veces.  El otro la tiene de general del ejército. Es Mc Arthur vuelto a nacer y la usa magistralmente para dar órdenes. Son mis sonidos preferidos. 

Se llama Noviembre

Es el más guapo de todos, me tiene enamorada. Se viste con los mejores colores y verlo llegar es un espectáculo. Seduce con elegante frialdad, y altivo como pocos, llega con fuerza en el viento y un gusto dulce en su aliento. No cabe duda, es guapo de arrebato. Es Noviembre, mi novio. El mágico mes de cambios en el aire, en el ánimo y en los colores del cielo.


HIJOS Y NAVIDAD

No es justo. La vida debiera advertirnos a las mamás en algún momento. O darnos un curso en el que se nos prepare para dejar que los hijos crezcan, y nos enseñe a no sucumbir cuando los vemos convertidos en casi adultos. Navidad pone a prueba toda mi resiliencia. Cuando los hijos son pequeños, y parecen abejas a nuestro alrededor, todo suena a Jingle Bells y sabe a Egg Nog. Su ilusión por Santa Clos es contagiosa, la cuenta regresiva con la que despiertan y se duermen nos pone a tono y sintonía con la víspera, nos hace reír y sentir.

¡El arbolito los entusiasma tanto! Ponen a prueba nuestra más colorida creatividad para complacerlos, y juntos armar el árbol más lindo de su mundo de niños. Las tardes de galletas, con caritas enharinadas y olor a mantequilla son fiestas imprescindibles. Si, los rituales que celebramos para ellos son sagrados. Y años después de que se desvanecieron, me doy cuenta de que me hacen falta a mí, no a ellos.

Pero están los símbolos. Un Frosty medio destartalado, que hizo Javier en un curso de vacaciones y el recuerdo de su voz chiquita diciendo “un yegalo pala ti, mami”, me mira burlón desde el árbol. Unas campanitas de barro que Adrián hizo, también suenan a pasado y foto con Santa. Son tesoros que me recuerdan las navidades más alegres, las de la infancia de nuestros hijos.
O, como no hay curso que pueda prepararnos para semejante hazaña, tal vez existen medicinas como las de la canción de Sabina. Si hay “Pastillas para no soñar” tal vez la misma casa médica tiene “pastillas para no recordar y extrañar.” Me hago de bolas, yo sé. Pero me pega fuerte la nostalgia por mis niños pequeños en Navidades grandes.


ÁNGELES

“No podemos jugar a ser Dios. En todo caso, somos parecidos a los ángeles. Solo podemos acompañarlos” esto me lo dijo un gran amigo. Hablábamos sobre la impotencia que sentimos al querer proteger a nuestros hijos, más allá de nuestras humanas y mortales capacidades. Vemos que hagamos o deshagamos, el camino de nuestros niños no es el nuestro.
Ellos deciden, ellos eligen, y generan sus propias lecciones. No importa mucho que canción les cantemos. Hay días, en los que de verdad me gustaría tener alas de ángel, para abrazarlos y librarlos de las sombras de la vida. Me río de mi misma, a veces se me olvida que es imposible. Y sé que si fuera así, no aprenderían jamás a patinar en esta existencia y su pista de curvas, pendientes y desfiladeros.

VÍSPERAS

En estas vísperas de festividad y tamales, llevo dentro un peso grande. Como cuando te comes una pizza entera, de pepperoni, con extra queso. Imposible de digerir a mis 44 años.

Es la carga de la nostalgia. Los recuerdos que desfilan a paso de villancico. La última Navidad con mi papá. La empresa vital que para él era hacer de nuestro Santa Clos una experiencia inolvidable. Y si, después de tres décadas y tanto la rememoro. Con uñas y dientes procuro que no se evapore.

Las que le siguieron. Mi mamá hacía piruetas con su ánimo y su aguinaldo para que no doliera la ausencia de mi papá y sus detalles. La presencia dulce y grande de mis cuatro abuelos amparándonos, amorosos. Mis primos y sus cohetes temerarios. Las galletas. Mis hermanas, siempre mis hermanas, constantes.

La adolescencia que llegó a ritmo de Jingle Bells rodeada de amigas y amigos pubertos. Ansiosos por poner un toque de parranda a la Pascua, y una onza de ron al egg-nog. Mis trabajos de vacacionista y la sensación de ser millonaria con los Q200.00 de un primer sueldo para comprar regalos.

Las navidades que me sorprendieron enamorada. Aquellos abrazos amarrados con más fuerza. La ilusión y las sensaciones eran intensas, como el árbol navideño de mi tía Margarita.

Mi aparato digestivo hace mucho olvidó como digerir una pizza entera. Las consecuencias son desastrosas. Mi sistema emocional también ha envejecido. Procesa despacio las memorias, les da mil vueltas, las unta de lágrimas. Las viste con la certeza de saber que esos momentos fueron. Resucita a muertos y años fugados. Me recuerda lo feliz que he sido.

Y, como la pizza macabra se apodera de mis tripas durante largas horas, y me parte en dos; la nostalgia toma posesión de todo mi ser durante el mes de diciembre. Completo. Me parte en mil y vuelve a integrarme. Es la magia del recuerdo.