AMOR DE NOVELA

Me enamoré de la literatura desde que era niña. Como todo buen amor,   el nuestro no ha hecho más que crecer y evolucionar.  Me ha regalado millones de lecturas, que en parte  han definido,  quien soy. Existen libros que devoro como al mejor de los chocolates, empiezo rápido, asombrada ante sus maravillas. Después, realizo que va a terminar, y no quiero. Bajo la marcha y lo saboreo despacio, con calma. Digiero y disfruto cada oración como que fuera la última que leeré en mi vida. Y al cerrarlo por última vez, repaso  cada uno de los tesoros que sus páginas trajeron.


A mis cuarenta y tres años, creo que he perdido la cuenta de cuanto he leído. De permitirlo la naturaleza, añadiría capacidad de memoria a mi mente, para almacenar cada uno de los detalles que la han alimentado a través de mis libros. He llenado el disco con un sin fin de historias. Algunas tratan sobre familias, otras sobre amores (mis favoritas), las hay sobre conflictos entre países, otras son bellas novelas históricas. No han faltado las memorias y biografías de personajes, gigantes o pequeños, que han dejado huella. También existen mis libros duende, esos que busco y vuelvo a leer porque me dan consuelo a la hora de las sombras. 

Y están  los textos que llamo naranjas, o mandarinas si son pequeños. Son dulces, jugosos y llenos de vitaminas. Tienen un gusto exquisito y refrescante.   Dejan a su paso, una picazón de corazón después de conocer sus simples  prodigios.

 Si, la literatura es vital, rotunda e imprescindible, el mejor los amores. Provoca  una sensación de asombro que no se gasta con el paso del tiempo. Mientras tenga a la mano un duende,  alguna prosa inteligente, llena de historia o romance, o una naranja que sepa a miel, sobreviviré el día.


LUCIÉRNAGAS EN EL JARDÍN

Cuando era niña escribí un cuento sobre luciérnagas. Una de ellas, distraída y juguetona  se perdió en el bosque. En pocos días se celebraría el gran baile de luces, en el que cada bichito y su bombilla, bajo el embrujo del amor, encontraría a su pareja.  Le quedaba poco tiempo para reunirse con el enjambre de sus amigas, y poder asistir a la gala. Si no lo lograba, perdería la oportunidad de encontrar el verdadero amor. Y su luz, junto a su alegría se extinguiría para siempre. En lenguaje coloquial, si no se ponía las pilas y se ubicaba, la dejaría el tren de los insectos luminosos. 


Hoy en la tarde, nuestro jardín fue invadido por un festival de lucecitas. Me recordé del cuento, porque imaginé que ese jolgorio de luces Campero era el baile de gala, al que casi no llega la luciérnaga distraída.

Fue un verdadero espectáculo, la tarde y la noche se disputaban el cielo. El aire se tiñó de algodón de azúcar, a media luz, y era salpicado por la danza intermitente de las luciérnagas en franco y descarado coqueteo.  Blitz, nuestro perro, desconcertado, brincaba tratando de atrapar con el hocico a las pequeñas estrellas. Ellas se burlaban apagándose justo cuando él las divisaba. Era un ejército numeroso.  Visto de lejos, un ficus frondoso y gordo que parece brócoli, se veía como árbol redondo de navidad con foquitos intermitentes.

 Duró un buen rato el baile de chispas, se fueron apagando poco a poco. Seguramente, después de buscar por todo el jardín encontraron a sus novios.  Fue una escena simple y bonita,  pero de las que no se ven todos los días.  Blitz está agotado, ya se durmió, y se quedó con la gana de tragarse unos cuantos voltios