HOMENAJE A AIC

Hace 35 años, una tarde de domingo, el destino cambió el camino por el que se conducía mi mamá. Sus certezas dejaron de serlo, y tuvo que reinventar su plan de vida. Coincidentemente fue en mayo. Mi papá murió y la dejó joven -¡muy joven! – y sola, a cargo de cuatro pequeñas, que habíamos llegado al mundo una tras otra, y que hacíamos mucha bulla. No perdió el tiempo. Desde ese día, en una mano lleva la bolsa -como toda mamá- y en la otra un attaché. Solo le faltó usar corbata. Asumió su rol de jefe de familia con todo el aplomo que su carácter de gigante le otorga.

 A penas cinco años después del accidente, se las arregló para que sus responsabilidades de papá fueran compatibles con sus actividades de mamá. Así empezó a darnos las mil y un lecciones que nos ha regalado. Nos enseñó el valor supremo del trabajo y el de la independencia, cuando se aventuró a convertirse en empresaria. A pesar del riesgo implícito, se lanzó con toda la energía de su juventud. “Ahora podré ir a las actividades del colegio” nos explicó. Y así fue, siempre estuvo presente, y sigue estando. 

Es original mi mamá. Desde su escritorio dirige una orquesta comercial, y con la misma intensidad y foco organiza una reunión familiar. Supervisa órdenes de compra y al mismo tiempo, se encarga de que no falte el mejor postre cuando nos invita a todos a su mesa. Su prole se multiplicó. Ahora somos una tribu de dieciséis. La bulla de las cuatro, se convirtió en un jolgorio descomunal. El paso del tiempo la convirtió en abuela multi-proceso:  nos da clases de tecnología, pero también borda botas navideñas.

Hoy celebro su valentía, su temple y esa inteligencia que con el paso de los años solo se enriquece. Agradezco su presencia, constante y discreta. Ha sido compañía en todos nuestros momentos, los brillantes y los oscuros. 

Sí, mi mamá es fuera de serie, un verdadero regalo. ¡Love you AIC!

EL LUSTRADOR

Con los años se agudiza la capacidad de observar a las personas, al entorno y los sucesos. Les damos vueltas en la mente. El jueves, como de costumbre, regresé a mi trabajo temprano en la tarde. Está ubicado en un complejo de ofi- bodegas. Coincidí con un joven de unos veinte años, quien con su cajita de lustre de zapatos, entraba a buscar clientes. Con mucha simpatía, ofrecía sus servicios a cuanto individuo encontraba. Pude ver varios intentos, porque a esa hora muchos regresamos, y hay tráfico de gente en la cuadra de nuestra bodega. No tuvo suerte. A ninguno de los señores se les antojaba consentir a sus zapatos. “Ya no hay tiempo para eso” dirían algunos.

Cuando era pequeña, mi abuelo lo disfrutaba mucho. A las calles de Vista Hermosa entraba un señor por las tardes, y era un maestro de su arte. Con magistral habilidad, estos artesanos urbanos aplican betún, pulen y lustran el objeto de su oficio. Si observamos, encontramos un entusiasmo muy original en su trabajo. Frotan su trapito con energía a todo músculo. ¿El resultado? zapatos brillantes que parecen espejos nuevos, un verdadero lujo.

 No consiguió clientes mi amigo lustrador. Para su mala suerte y la mía, ese día yo me subí al mundo en un par de sandalias de tacón de todos colores. Imposible contratar sus servicios. No pude consentir a mis zapatos, ni darle un poco de trabajo. Con la misma simpatía que llegó, se alejó a buscar mercados más entusiastas.

Con los años también se agudiza la fuerza con la que sentimos. Porque al verlo alejarse, se me hizo poporopo en corazón.





 

JUAN MIGUEL Y LA LUNA

Hoy en la noche tuve el privilegio de viajar en carro -a solas- con un filósofo. Veía el cielo, mientras yo conducía. En silencio reflexivo, mi maestro de las cosas simples, disfrutaba de la luna y su brillo de bombilla.

 “¿Sabés qué Nic? La luna brilla duro- silencio- y es gigante-otro silencio- Para que toooodoos los países puedan verla. Siempre, al mismo tiempo.” Y subió los brazos, para ilustrar su todo.

 Mi filósofo se llama Juan Miguel Muñoz Serra. Es mi sobrino más pequeño y acaba de cumplir siete años ¡Deliciosa compañía!


EL GALLO CANCHE

Hace unos meses, a la garita de la montaña donde vivimos, llegó a vivir un pollo adolescente. Empezó a crecer hasta convertirse en un apuesto gallo. Sus plumas eran naranja, amarillo y rojo, salpicadas de café. Parecían llamas de candela. Yo lo apodé el Canche, y observé que al ritmo en que sus plumas adquirían más brillo, él engordaba con mucha gracia.

Todos los días despertaba al vecindario –algunos se quejaban- pero era parte del folklore rural y delicioso de la loma. Lo más curioso, es que su compañero de garita era un perrito peludo, de raza indefinida, al que le amarraban un pañuelo vaquero al cuello. Cuando bajábamos a la ciudad, el perro embestía los carros y ladraba corriendo. El gallo lo imitaba, y -sin ladrar, por supuesto- corría y embestía los carros. Era su saludo granjero.

El otro día salimos a caminar y pregunté por él. Sonriendo, el policía respondió “Ya lo mataron.” ¡Qué triste, se almorzaron al Canche! el gallo gordo que se creía perro. Cuando pregunté por su amigo vaquero, respondió “Él tampoco está.” Ya no quise hacer más preguntas…