Con la ayuda de Van Gogh y Víctor Manuel

“Cuando te pones a escarbar en la memoria, vas escogiendo del pasado aquellas cosas, que te apuntalan, que te afirman, que te enrocan, que te protegen de algunas sombras…”


Son frases que canta Víctor Manuel, en la primera estrofa de “Canción Pequeña”.


¡Es tan cierto! Hay días en que sentimos ese llamado a lo vivido. Cerramos los ojos y con toda fuerza invocamos a los buenos recuerdos. Si, somos selectivos. Necesitamos revivir lo bueno, lo grande, lo rico. Evocamos experiencias, lugares, olores, sonidos -música o voces- y sabores. Volvemos a quienes eran cercanos y a los buenos ratos que convivimos. Algunos de ellos siguen acompañándonos, otros partieron. Pero algo de ellos quedó para siempre, lo sentimos.  Y es la magia del bonito recuerdo la que se convierte en protección contra las sombras. Algunos le llaman nostalgia, y no les gusta.  Para otros, es una medida -desesperada a veces- de sobre vivencia. La memoria nos da tregua, y una palmada al hombro del ánimo.

Porque de las sombras mis amigos, no hay quien se salve.  A algunos los sorprende el paso de alguna nube, otros atraviesan tempestades. Toda vida, en algún momento, se torna como el cuadro de Van Gogh: en un “Paisaje bajo un cielo agitado.” Se oscurece. Y en esos ratos sombríos ¡Qué bien cae el viaje al buen ayer!


Al cabo de un rato, regresamos. Sonreímos, respiramos con profundidad y abrimos los ojos. Hemos vuelto al hoy. Frente al espejo, vemos a esa persona que en su rumbo, se acerca al medio siglo de vida. La que siente los pesos, las penas y el gozo. En nuestro reflejo, vemos el paso del tiempo. Hemos visto crecer a los hijos y atestiguado nuestra propia evolución.  Ante nosotros, desfilan las etapas que dejamos atrás. A su paso, quedan también las lecciones que trajeron. Escuchamos el cerrar de viejas puertas y vemos abrirse nuevas. La experiencia del ayer con su terapia y el hoy con su incertidumbre, producen el equilibrio necesario para seguir con esperanza.  Si somos honestos con nuestra experiencia, es más fácil encontrarle algún sentido y propósito.


Lo vivido nos recuerda que las sombras llegaron, pero no todas se quedaron. Y a las que lo hicieron, las acomodamos para seguir en el camino y no morir en el intento.


Si, el balance de nuestro pasado y sus recuerdos, con nuestro hoy y sus proyectos, es vital para continuar y creer. Lo necesitamos para reír con el mismo ímpetu de hace veinticinco -o más- años. 

Siesta de hijo, siesta de avión


Volamos de regreso a nuestros días.

Tú, a tus juegos en pantalla y a la cuenta regresiva hacia tu primer día de tercer curso. El primero de muchos,  inolvidables días de colegio, amigos y adolescencia.

Yo, regreso a mis quehaceres de casa. Vuelvo a mi  escritorio, a un nuevo año de cálculos y planes,  a mi faena de finanzas salpicada de poesía.

Pero no quiero pensar en el regreso, en el mañana,  o en el trabajo.

 Este es un momento de gloria. Y quiero tragarlo con todo su sabor a miel.

 Voy aspirar tu aroma de hijo durmiendo en mi hombro.

Concentrada, empiezo a vivir   y grabar la experiencia.

Siento  las cosquillas que dibujan las brochas de tu pelo en mi rostro.
 Escucho tu respiración de niño que empieza a dejar de serlo.
Observo tu paz cuando inhalas y tu energía cuando exhalas.

Aprovecho la cercanía que me otorga tu siesta de vuelo, para acariciar el melocotón de  tu cara. Dibujo muy despacio  tu nariz, siento que es más grande que hace unos días.

Todo en ti crece, al compás de tu  paso por la vida. Tu espíritu y tu voluntad evolucionan como espuma. Se perfilan grandes, iluminan tu camino y mis pocas certezas.

Tu cuerpo se transmuta de niño, a joven, a hombre. Pero tu cabeza todavía descansa con comodidad sobre mi hombro ¡Me siento afortunada!

Me pregunto ¿A dónde te llevan tus sueños?

Y veo tus manos. Las de hoy, grandes. También veo  las pequeñas,  de hace quince  años. Son blancas, perfectas.  Las beso. Entrelazo mis dedos con los tuyos. Tu denso sueño me lo permite. Cierro los ojos con tu mano en mis labios y sonrío.

Me acerco más, con  cuidado, para no disipar la profundidad de tu descanso.

 Aspiro de nuevo tu olor a hijo que crece. Me invade la felicidad de ser tu madre. Ese gozo bendito que rescata, día tras  día,  a mi voluntad. Vuelvo a besarte. Esta vez, beso tu cabeza de brochitas que algún día fueron rubias, amarillo girasol.

Agradezco y vuelvo agradecer. Por tener  tus manos, palpar  tu piel. Por sostener  tu cabeza en mi hombro y sentir tu presencia, tu ser.

Agradezco al vuelo de horas de norte a sur, a tu cansancio de mucho hacer.
Por regalarme tu siesta -¡bendita siesta! – de tiempo en avión,
 tu cercanía y también tu respiración.



Se fue el 2012

 El 2012 se ha despedido. Engrosó la cosecha de niños en algunas familias. Otras, dijimos adiós a seres queridos para siempre. No somos las mismas personas que éramos cuando empezó. Nunca lo somos. Es el ciclo natural de los tiempos y su paso.

Cada año nos regala nuevas experiencias, presenta retos y oportunidades para evolucionar. Viene acompañado de risas y lágrimas, de alegrías y golpes. Nuestra actitud ante el balance de lo bueno y lo malo, define la huella que el año imprime en nuestra historia personal.

Lo canta Milanés: “¿Cuánto gané, cuánto perdí? Qué cosa  cosa me ha hecho feliz, que cosa me ha de doler…”

Deseo a mis amigos que el 2013 venga cargado de momentos benditos y enriquecedores.  Que traiga, o mantenga, relaciones de buena conversación y mucho amor, con besos y abrazos ricos.

Espero también que tengan vivencias de las buenas. Esas que regalan mucha risa -de la contagiosa-  y satisfacción en abundancia. 

Por último, deseo a quien lea ésto – y a todos-  que la felicidad la encuentran adentro. Y que sea tanta, que necesiten compartirla.